La más poderosa de las oraciones…

Meditación: Lucas 11, 1-4

Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, el Señor les dio la sencilla pero profunda oración que todo conocemos como el Padre Nuestro.

Esta plegaria revela el gran amor a Dios Padre que brotaba del corazón de Jesús y lo que era importante para él.

“Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino.” Debe haber sido asombroso para los discípulos orar a Dios llamándole Padre (en hebreo “Abba”), un modo tan personal y directo que no era usual entre ellos. Esta oración está basada en la verdad de que Dios es el Padre de todos los que verdaderamente creen en su Hijo, porque ellos son hijos nacidos de Dios (Juan 1, 13) y auténticamente pueden conocer al Todopoderoso como Padre.

La oración de Jesús comienza con una actitud de adoración basada en la absoluta santidad del Altísimo, porque dice que Dios, invocado y conocido por su nombre, es santo. Oramos pidiendo que venga el Reino de Dios, es decir, que todos los males que trastornan y desfiguran la creación sean eliminados, especialmente los que ensombrecen el corazón.

Cuando pedimos “Danos hoy nuestro pan de cada día”, se nos revela la verdad de que Dios satisface nuestras necesidades básicas y nos protege diariamente. También necesitamos constantemente el perdón de Dios, y por eso oramos “Perdona nuestras ofensas.” Si bien es cierto que si nos arrepentimos se nos perdonan los pecados, estamos continuamente llamados a imitar cada vez más la santidad de Dios y por eso, a medida que el Espíritu Santo nos revela nuestras faltas y errores, nos da también la gracia de arrepentirnos y pedir perdón.

Las palabras que nos enseñó Jesús, “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, nos hacen recordar que hemos de perdonar con la misma liberalidad con que Dios nos perdona a nosotros.

La última petición, “no nos dejes caer en tentación”, se refiere a la prueba, porque “el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14, 38). Jesús es quien nos da la victoria sobre todas las pruebas y tentaciones.

“Padre eterno, quiero orar con la misma fidelidad de tu Hijo amado, plenamente sometido a tu voluntad, para traer tu presencia a mi corazón y a mi familia, para que nos des el pan de cada día y nos protejas de todo mal.”

Gálatas 2, 1-2. 7-14
Salmo 117(116), 1-2

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