Domingo Propio 17

Meditación: Lucas 14, 1. 7-14

LA HUMILDAD…

Hay una actitud que la sociedad por lo general no promueve: la humildad. Esto se debe en gran medida a que el mundo no comprende lo que es la humildad. Ante todo, la humildad entraña fe y confianza en Dios, de la misma manera que lo opuesto, la arrogancia, es esencialmente gloriarse de sí mismo y menospreciar a Dios. Una persona humilde cree que Dios es bueno y encuentra la fortaleza necesaria para perseverar en medio de fuertes tentaciones y terribles pruebas; en cambio, el arrogante se distancia de Dios y se encierra en su propia burbuja egocéntrica incapaz de resistir las dificultades ni comprender el significado del sufrimiento.

La esencia de la humildad radica en saber que somos beneficiarios de la generosa e inmerecida misericordia de Dios. Cuando conocemos el amor generoso y compasivo de Jesús, nos damos cuenta de que, en realidad, somos mendigos y no diferentes de aquellas personas que para el mundo son insignificantes; nos damos cuenta de que todos somos hermanos y que estamos llamados a ser solidarios también con los que ocupan “el último lugar” y compartir con ellos el amor que hemos recibido.

Jesús es el ejemplo perfecto de humildad. Fue tan humilde que se hizo llamar hermano nuestro y se identificó con la condición pecadora y la debilidad del género humano, hasta hacerse hombre como nosotros, con el fin de salvarnos. De la misma forma, Jesús nos pide que tengamos la humildad necesaria para aceptar como hermanos a los necesitados y atender a sus necesidades. Jesús siempre vela por nuestros intereses, y nos pide que hagamos lo mismo por el prójimo (Filipenses 2, 4).

En la Misa de hoy, pídele al Señor que te muestre el precio que él pagó para librarte del pecado y deja que su amor te mueva a compartir ese amor con cuantos te rodean. Que todos nos comprometamos a ayudar a nuestros hermanos, para que juntos glorifiquemos a Jesús, ¡nuestro humilde Redentor!

“Señor, enséñame a confiar hoy en tu voluntad y ayúdame a amar y cuidar a quienes tú pongas en mi camino.”

Eclesiástico 3, 19-21.30-31
Salmo 68(67), 4-7. 10-11
Hebreos 12, 18-19. 22-24

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Desentierra tu Talento…

Meditación: Mateo 25, 14-30

Santa Mónica

Jesús regresará. No sabemos cómo ni cuándo, pero él nos prometió que volvería en gloria, para establecer cielos nuevos y una tierra nueva. Conscientes de esto, es preciso utilizar prudentemente los recursos que nos ha dado para difundir el Evangelio y trabajar por el crecimiento espiritual de la Iglesia. En todo lo que hagamos hemos de servir a nuestro Señor y conducirnos de un modo que sea grato para él. La vida que llevemos dependerá de la atención que demos a estas cosas y así, viviendo como “hijos de la luz y del día”, cumpliendo los mandamientos de Dios y llevando una vida de oración y amor al prójimo, daremos testimonio de nuestra convicción de que Cristo regresará (1 Tesalonicenses 5, 5).

Como lo demuestra la parábola de los talentos, dos servidores se atrevieron a invertir el dinero que recibieron y obtuvieron una buena ganancia; pero el tercero tuvo miedo de perder el capital, así que lo escondió y se lo devolvió a su señor en cuanto pudo (Mateo 25, 14-30). Nosotros, como los dos primeros servidores, también debemos asumir ciertos riesgos por el Reino de Dios, actuando por fe y manteniéndonos despiertos para ver cómo actuará el Señor según la confianza que pongamos en él.

Dios no nos ha dado dones y talentos para enterrarlos ni ser egoístas con ellos. A cada uno le ha confiado una parte en el crecimiento de su Reino para que use productivamente los recursos que él le ha dado. Dinero, aptitudes, tiempo, educación o experiencia, nada hay que no sea útil para ese propósito. Podemos estar totalmente seguros de que cualquier iniciativa que emprendamos, si usamos los dones recibidos, contará con la bendición del Señor. Recordemos que lo que Dios desea para su pueblo es muy superior a lo que nosotros mismos deseamos, y que él hará todo lo necesario para llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

En la medida en que nos entreguemos al Señor veremos muestras de su poder y su gloria. Si nos mantenemos activos y despiertos, la vida será ciertamente una aventura llena de oportunidades para usar lo que Dios nos ha dado, y cuando lo hagamos, él obrará maravillas. Este es el noble llamamiento que tú y yo hemos recibido.

“Amado Jesús, te doy gracias por todo lo que me has dado. Enséñame, Señor, a usarlo para tu mayor gloria y el bien de mis hermanos.”

1 Corintios 1, 26-31Salmo 33(32), 12-13. 18-21

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Estén Preparados…

Meditación: Mateo 25, 1-13

Sabemos que nuestro Señor volverá al final de los tiempos, pero él, Sabiduría Divina, también viene en el tiempo presente a los que lo buscan de verdad (v. Sabiduría 6, 12).

En la parábola de las diez vírgenes, Jesús dividió a sus seguidores en dos grupos, los previsores y los descuidados: los previsores son los que orientan su vida por los caminos de Dios y se preparan para salir a su encuentro.

¿Cómo podemos prepararnos para reconocer al Señor cada día? La oración, la lectura de las Escrituras, y el examen de conciencia son ayudas de incalculable valor. También lo son dar limosnas y ayudar a los necesitados.

En el Antiguo Testamento, la lámpara del tabernáculo se llenaba con aceite y se mantenía siempre encendida como señal de la constante oración de Israel (Éxodo 27, 20-21). De manera similar, nosotros podemos mantener la lámpara de nuestro corazón llena del aceite el Espíritu Santo y encendida para reconocer y escuchar la Palabra de Dios y responder correctamente. La Escritura es útil para “que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para toda clase de bien” (2 Timoteo 3, 17).

Finalmente, estemos atentos a lo que nos llega a la mente durante el día y arrepintámonos cuando sea necesario; eso nos ayudará a mantenernos firmes en esta nueva vida con Jesús. “Estén preparados y usen de su buen juicio. Pongan toda su esperanza en lo que Dios en su bondad les va a dar cuando Jesucristo aparezca” (1 Pedro 1, 13).

Si tú dejas que el Espíritu Santo te capacite interiormente mediante la oración, el arrepentimiento y la Palabra de Dios, serás capaz de realizar “buenas obras, según él lo había dispuesto de antemano” (Efesios 2, 10). San Juan Crisóstomo decía que el aceite de las lámparas de las vírgenes eran las “limosnas y la ayuda a los necesitados” (Homilía sobre San Mateo, 78). Sirviendo a los necesitados a los que tienes acceso tú también podrás encontrar a Cristo en ellos.

El Señor nos da todo lo necesario para estar bien dispuestos para encontrarnos con él: “Y después de irme y de prepararles un lugar, vendré otra vez para llevarlos conmigo, para que ustedes estén en el mismo lugar donde yo voy a estar” (Juan 14, 3).

“Señor, estamos deseosos de que vengas a buscarnos y nos transformes para que lleguemos a compartir tu herencia eterna de hijos e hijas de Dios.”

1 Corintios 1, 17-25Salmo 33(32), 1-2. 4-5. 10-11

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